Călin-Andrei Mihăilescu
Professor of Comparative Literature, Spanish, and Critical Theory at the University of Western Ontario

 

Vampiropos:

Aquellas cosas ocurrieron en Bucarest, ciudad de filatelistas y de atentados, como lo sopesa una definición en cortazariano. Pero mi ciudad natal era menos que eso; y más que un lugar inmortalmente  ensimismado por el archivampiro Drácula de la ficción que los godos coagularon para hacerla importar: en sus paredes se disfrazaban, escarlatas, las sílabas de mi estirpe condenada.
Crecía a golpes tenues y amargos y me sentía por primera vez sin pareja. A los quince años que tenía los acompañaba, sin pesar o vergüenza, un yo con que empezaba a entenderme como si fuera mío; tenía razón sólo para dármela: me veía como todo un mundo y a la razón – como al airado monumento de un don desmentido. Mis minúsculas faltas se acrecentaban bajo la lente de aquella razón abandonándome a la espera de un milagro que las ubicara de nuevo en su adagio embrio. Ya no era tan joven para no querer olvidar: lo sabía todo y quería más. Y cuando, finalmente, estuve seguro que todas mis noches fueron mías, como ni sospechaba que las mujeres eran las fuentes del quizás de la vida, Mme Popovici, la bibliotecaria de nuestro liceo, señora en cuyos labios insistía el aliento de una ligera e irónica sonrisa levantina, y a la que visitaba cada día para que me escudara, contra los rumores de un mundo tan total y menos mal organizado que yo, con su muralla china de libros, me puso en la mano fresca la traducción rumana de Cien años de soledad.
            ‘Veac’, la traducción cabal de ‘cien años’, figura en el título de la traducción: un ‘siglo’ cercado por un aire arcaico. Por el maestro espejismo incontrolable de las palabras que habría de vislumbrar más tarde, la menuda alucinación que me indujo el antiguo ‘siglo’ me empujó a abrir el libro sin tardar. Empecé a leer. Frente al pelotón de fusilamiento de sus palabras principió entonces algo tumultuoso, como el alma, que dios creó para no concluir. Y ambas se convirtieron de repente en ecos llenos de su seductor nacimiento.
A mí, que hasta entonces no sabía como perder las noches, la novela de García Márquez me hizo descubrir cosas que no sospechaba inventar. La cama, muy baja, se identificaba con el horizonte, el mar con la tierra, el cielo con el terciopelo. La novela me saltó la primera noche, extáticamente; la tiró en un lugar hacia el que me he dirigido siempre desde aquel entonces, lugar lleno de futuros como un pez de todas las aguas del océano. Olvidé que el futuro no nos merecía; que la verdad sea pura y simple me pareció una utopía, una regularidad de los deseos que enclavara el sentido con la fuerza de su imposibilidad para derrotar lo obsesionante de aquél. Fue un terremoto nocturno en que, cubierto por las cenizas de soledades aurelianas, quise volar con las vírgenes, caer como una lluvia barroca de mariposas, echar a Eréndira por la ventana que daba al cielo, matar a mis enemigos con lanzas que Don Quijote ni tenía ni temía, tal vez comprender al primer José Arcadio, ladrando en lengua extraña y echando espumarajos verdes por la boca. Macondo me hizo entender que la novela había ya tomado sobre si la caída del teatro y la había echado en el empatio del lector: el teatro había muerto, pero no su pecado, el de cumplir la persona en la multitud de los personajes que instintivamente interpreta, el de firmar, y no en tinta tonta, un contrato, más montaignesco que fáustico, con el ensayo, que es ni más ni menos que la turba del acto de interpretar aquella interpretación de otras interpretaciones que es el mundo. El género de la  novela, entendí entonces, tendrá que morir con cada roman digno de este nombre, porque sólo éste adquiere el mundo sin otro sentido y sin otra vida. Cien años  traía en su arca los todos encantados del mundo y de mi yo, que ahora plasmaban una pareja, tras y más allá de curas, sin-traducciones y violencias. Así, sin haberlo sospechado, la novela de García Márquez  disfrutó de su ius primae noctis sobre mí... hasta que me hizo caballero de la triste figura de su fin, aceptándolo todo para coincidir con su nunca más: post scriptum omne animal triste.
¿Cómo decirlo mejor? Cuando la sangre se seca, precipitándose en el olvido al fin cinehematográfico de Cien años en que, al leer los manuscritos de Melquíades, e “impaciente por conocer su propio origen, Aureliano dio un salto” y descubrió que... “Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado Riohacha solamente para que ellos se pudieran buscar por los laberintos más intricados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe ___ antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldrá jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre”. Par fraternité j’ai perdu ma vie: me fui con A.B., como lo quería el mismo  G.M.
            Pero, para comprender (¿mejor?) esta identificación mía, tuve que seguir una vena mítica, la de las sangres de José Arcadio Buendía, salidas en hilo fino de un escopetazo tan invisible aunque más enigmático que los otros que oyeron los macondinos a través de su siglo. Este hilo me virgilió la interpretación fascinada por aquel macondino cuyo cuerpo no tenía un solo milímetro sin tatuar, y que no lograba incorporarse a su familia, el protomacho cuya respiración volcánica se percibía por toda la casa. La sangre vertida en las líneas del tatuaje que se deshila me figuraba una comunicación milagrosa, una sangrepatía que quedaba manando incluso después de haberse cerrado su manantial. Úrsula Iguarán vuelve al origen ahora seco del hilo de la sangre, con la materna desesperación de descubrir, volando hacia ella, que la estrella cuya luz nos guiaba los sueños se había apagado – y que ni los dioses de los hombres, ni el del simulacro no podrán encenderla de nuevo. Entonces no me dolía España; Latinoamérica, sí:

Ese fue tal vez el único misterio que nunca se esclareció en Macondo. Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el estampido de un pistoletazo retumbó la casa. Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por por la calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no machar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.
– ¡ Ave María Purísima ! – gritó Úrsula.
Siguió el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen atravesó el granero, pasó por el corredor de las begonias___ y dobló___ después a la izquierda hasta la calle de los Turcos___ y salió a la plaza y se metió por la puerta de una casa donde no había estado nunca, y empujó la puerta del dormitorio y casi se ahogó con el olor a pólvora quemada y encontró a José Arcadio tirado boca abajo en el suelo sobre las polainas que se acababa de quitar, y vio el cabo original del hilo de sangre que ya había dejado de fluir de su oído derecho. No encontraron ninguna herida en su cuerpo ni puedieron localizar el arma.

Me llevó este hilo de origen claro y causa enigmática hasta un pasado que desconocía y en que se habían vertido las sangres de padres bastardas – porque a los refinados ni les importa saber aprender a sobrevivir, y sólo la inconsecuencia de sus pensamientos es noble; me empujó a volver al origen, llamado ‘ausencia’ en las vulgatas, de ola verde-negra que precede y engendra sin causarlo, el rojo. Vincular el laus sanguis a la hermenéutica filial, esto sí me importaba, puesto que la hermenéutica sufre del vicio de los círculos, pero no del excesivamente duro retorno nietzscheano de la nada. Aquí el hilo de la sangre guía a Úrsula hacia el origen de esta nada que había sido algo, como una vida que le había regalado a su hijo José Arcadio, y a cualquier otro, la posibilidad de ser.
Tuve, aún pálida, la revelación de la reserva vital que, ayudándoles a las mujeres a regalar la vida y soportar sus tragedias, les falta a los hombres. En masculino, el misterio es total, agotador; el ‘sin reservas’ de los fantasmas varoniles da esencia a sus heroismos, a sus ascéticas o deleitables imprudencias. Como la magia, el enigma mujeril me pareció parcial, porque amparaba lo sublime de esta ladera (para resistirle, los hombres tuvieron que inventar las culpabilidades de la religión y la economía). El detectivismo de la sangre que fundó Úrsula me mostró las primeras señales del vampirocriticismo: me sugirió vueltas atrás, no hacia los orígenes de una ficción hecha verdad a través del tiempo, sino hacia una verdad que sólo la ficción sabe amparar. El vampirismo de la lectura, que traslada la idea de que cada obra verdadera sobrevive a sus críticas, impone el sacrificio crítico como renovatio moderna y redistribución de las muertes inherentes a las violencias culturales. En cada roman se lee, en último término, la muerte de su género, y en todo acto crítico válido, un suicidio dedicado a la inmortalidad determinada de tales obras (el resto pertenece al pueblo, como el cuerpo de un príncipe recien fallecido).
Entraba, exoftálmica y exotéricamente, en la condición contemporánea: el acto de conmutar, que ahora me parece rebelde frente al exilio e indiferente al mito, estampa de nuestra edad veloz y de su persistente silencio del sinamor de la pólvora. Por medio de su fundamental soledad el universo macondino me inició en las reverberaciones de lo di/verso. Aquí la arbitrariedad de los signos está siempre devastada por el carácter motivado de los mismos, cada vez y cada fe que una otra sangre que la que los signos habían carónticamente tragado de las cosas para dejarlas entrar en la lengua salía de nuevo a la luz de la palabra. Así empezaron a brotar los fragmentos del Cratiloco, el jugulador de palabras:

En aquel espacio invisible entre la nada y el hilo de sangre empezaron a configurarse extrañas voces, agotadoras de los vocabularios humanos, reverbos, amarillentas lágrimas celosas, un ursulario de búsquedas___ un francés al que le faltaba una pierna___ melancodías, el tamborrador lunario que (de)rimaba silencios___ aquella belleza que era el comienzo del horror que era el comienzo de nada___ las sombras de los rincipiantes___ el mamachismo hemisférico___ dos parábolas ¿satis?¡hechas!___ el ángel de la sangre, su ariádnica araña y toda una velociedad.